El gobierno chino ha establecido un objetivo de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de alrededor del 5% para 2024, marcando la meta más baja en más de tres décadas. Este anuncio, realizado durante la apertura de la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional (APN), refleja una recalibración estratégica frente a una compleja coyuntura internacional y desafíos estructurales internos. La cifra, que se sitúa por debajo de la mayoría de las proyecciones de analistas internacionales, envía una señal clara de que las autoridades priorizan la estabilidad y la calidad del crecimiento sobre la expansión a toda costa, un paradigma que ha definido la economía del gigante asiático durante décadas.
El contexto de esta decisión es multifacético. La economía china se enfrenta a vientos en contra significativos: una crisis inmobiliaria prolongada que ha afectado a gigantes del sector como Evergrande y Country Garden, una demanda externa débil debido a la desaceleración global, altos niveles de deuda subnacional, y presiones demográficas derivadas de una población que envejece y disminuye. Además, las tensiones geopolíticas, particularmente con Estados Unidos y sus aliados, han impulsado restricciones tecnológicas y una reconfiguración de las cadenas de suministro globales, afectando sectores clave. El premier Li Qiang, al presentar el informe de trabajo del gobierno, subrayó la necesidad de "buscar el progreso mientras se mantiene la estabilidad", prometiendo un enfoque en la "transformación y modernización" del modelo de crecimiento.
Los datos respaldan la cautela. En 2023, China logró un crecimiento del 5.2%, superando su propia meta, pero ese desempeño se comparó con una base baja de 2022, afectada por las estrictas políticas de cero COVID. Para 2024, sin ese efecto rebote, mantener un ritmo similar se antoja más complicado. El objetivo del 5% está en línea con las proyecciones a largo plazo del Partido Comunista de China, que busca duplicar el tamaño de la economía para 2035, lo que requeriría un crecimiento promedio anual de aproximadamente el 4.7%. Sin embargo, representa un alejamiento notable de las tasas de dos dígitos que eran comunes en la primera década del siglo XXI.
En sus declaraciones, el premier Li enfatizó la "innovación científica y tecnológica" como el nuevo motor principal del crecimiento, junto con el impulso al consumo interno para reducir la dependencia de la inversión y las exportaciones. "Promoveremos el desarrollo de alta calidad", afirmó. "Estabilizaremos el empleo, mejoraremos el bienestar social y preveniremos riesgos sistémicos". No se anunciaron grandes paquetes de estímulo fiscal, lo que sugiere que las herramientas de política serán más específicas y dirigidas, posiblemente hacia sectores como la fabricación avanzada, la inteligencia artificial y la transición verde. El objetivo de creación de empleo se mantuvo en 12 millones de nuevos puestos urbanos, y la tasa de desempleo urbano se proyecta en torno al 5.5%.
El impacto de esta meta moderada es significativo a nivel global. China es el mayor motor del crecimiento mundial, y una desaceleración más pronunciada de la esperada podría deprimir la demanda de materias primas, afectar a las economías exportadoras y generar volatilidad en los mercados financieros. Sin embargo, un crecimiento más lento pero sostenible y equilibrado podría ser beneficioso a largo plazo, reduciendo los desequilibrios y los riesgos financieros. Para las empresas multinacionales, refuerza la necesidad de adaptar sus estrategias a un mercado chino donde el consumo de gama media y alta, y la innovación, ganarán protagonismo frente a la inversión en infraestructura masiva.
En conclusión, el objetivo de crecimiento del 5% para 2024 es un hito simbólico que marca el fin de una era de expansión hiperacelerada en China. Es una admisión pragmática de las limitaciones actuales y una apuesta estratégica por un modelo de desarrollo más maduro, aunque con riesgos inherentes, como una posible subida del desempleo juvenil o una deflación persistente. El éxito de esta transición no solo determinará el futuro económico y social de China, sino que también tendrá profundas repercusiones en la economía global en la próxima década. El mundo observará de cerca si Pekín puede navegar este delicado equilibrio entre estabilidad, reforma y crecimiento.




