El ex presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha utilizado su plataforma en las redes sociales para instar a un levantamiento popular en Irán, una declaración que ha reavivado los debates sobre la intervención exterior en los asuntos internos de los países y ha hecho que analistas como Jeremy Bowen, editor de Medio Oriente de la BBC, recuerden un precedente histórico de consecuencias trágicas: el alzamiento chiita en Irak de 1991. En un mensaje publicado en Truth Social, Trump afirmó que el pueblo iraní está "listo" para una revolución y criticó la administración Biden por no apoyar abiertamente a los manifestantes. Sin embargo, esta postura, aparentemente a favor de la libertad, choca con el recuerdo de lo ocurrido hace tres décadas, cuando una exhortación similar de Washington fue seguida de una represión brutal y un abandono que dejó una profunda herida en la memoria colectiva de la región.
El contexto actual en Irán es de profundo malestar social. Las protestas, desencadenadas inicialmente por la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial en septiembre de 2022, han evolucionado hacia un desafío más amplio contra el sistema teocrático. A pesar de la feroz represión, que ha dejado cientos de muertos y miles de detenidos, el descontento persiste en forma de huelgas y actos de desobediencia civil. Es en este escenario donde las declaraciones de figuras internacionales como Trump adquieren un peso significativo. Para muchos observadores, su llamado es una herramienta de presión política contra el gobierno iraní, pero para otros, especialmente dentro de Irán y entre los expertos en la región, suena a un eco peligroso del pasado.
El paralelismo histórico que señala Bowen es potente y aleccionador. En febrero de 1991, tras la derrota de Irak en la Guerra del Golfo, el entonces presidente George H.W. Bush alentó al pueblo iraquí a "tomar el asunto en sus propias manos" y derrocar a Saddam Hussein. Los chiitas del sur y los kurdos del norte respondieron al llamado y se alzaron en rebelión. Inicialmente, parecía que el régimen baazista colapsaría. Sin embargo, Estados Unidos y sus aliados, temiendo la desestabilización de la región y el ascenso de una influencia iraní, se mantuvieron al margen. Saddam Hussein, con su guardia republicana intacta, lanzó una contraofensiva despiadada. Utilizando helicópteros de combate (a los que se permitió volar a pesar de la zona de exclusión aérea) y artillería pesada, aplastó la rebelión. Las estimaciones sobre el número de muertos varían, pero se cuentan por decenas de miles. Ciudades como Najaf y Kerbala, sagradas para el chiismo, fueron escenario de masacres. El mensaje fue claro: el apoyo occidental era retórico, no real.
Esta traumática experiencia ha moldeado la psicopolítica de la región. Para muchos iraníes, especialmente para aquellos que simpatizan con la oposición pero desconfían profundamente de las intenciones de Washington, el llamado de Trump es visto con escepticismo y temor. Temen que un apoyo vocal desde el exterior pueda ser utilizado por el régimen para desacreditar las protestas, pintándolas como un movimiento orquestado por potencias extranjeras, en particular por el "Gran Satán" estadounidense. Además, existe el miedo latente a que, en caso de que estallara un conflicto abierto, la comunidad internacional volviera a dar la espalda a la población civil, dejándola a merced de la maquinaria represiva del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y los Basij.
Las declaraciones de Trump también plantean un dilema ético y estratégico para la política exterior. ¿Cuál es la responsabilidad de los líderes mundiales al comentar sobre movimientos de protesta en otros países? ¿Pueden sus palabras, incluso bien intencionadas, causar más daño que beneficio al proporcionar un pretexto para una represión aún mayor? Expertos en derechos humanos argumentan que el apoyo debe centrarse en principios universales y en la presión diplomática por la rendición de cuentas, no en llamados explícitos a la insurrección que pueden ser interpretados como una incitación al cambio de régimen. La lección de Irak en 1991 es que la retórica inflamatoria sin un compromiso real y una estrategia clara para proteger a los civiles puede tener consecuencias catastróficas.
En conclusión, mientras Donald Trump busca capitalizar políticamente el descontento en Irán, la advertencia histórica de Jeremy Bowen sirve como un recordatorio crucial. Las palabras pronunciadas desde lejos tienen un peso enorme en terrenos convulsos. El llamado a un "levantamiento" en Irán resuena sobre el paisaje de una tragedia pasada en Irak, donde un pueblo se alzó con la esperanza de un cambio, solo para ser abandonado y masacrado. Para el movimiento de protesta iraní, cuya valentía es incuestionable, el camino hacia la libertad es intrincado y peligroso. El apoyo internacional, si ha de ser significativo, debe ser prudente, consistente y fundamentado en la protección de vidas humanas, no en la retórica oportunista que ignora las amargas lecciones de la historia. La sombra de 1991 es larga, y su eco advierte sobre el precio de las promesas vacías.




